Misterio y milagro en la poesía de Juan Colón
Por redacción -
Julio 1, 2026

Por Simeón Arredondo.
Poeta y escritor dominicano residente en España.
simeonarredondo@gmail.com.
Hay versos que emergen del alma y que, como una flecha lanzada
al blanco, se dirigen al alma. Hay libros que llegan a manos de
las personas para dejar huellas en los lectores. Hay poetas que
pisan el planeta para estampar una marca imborrable en el
universo literario. Juan Colón es uno de ellos. Su libro “El
milagro de la luz” es uno de los que dejan huellas en quienes lo
leen porque sus versos pertenecen al grupo de los que brotan del
alma para convertirse en instrumento de enaltecimiento de la
palabra y de su esencia.
Todo libro debe dejar algo de sentido en el público lector. “El
milagro de la luz” estampa en la conciencia de quien lo lee un
cúmulo de sensaciones suficiente para disfrutar durante mucho
tiempo el sabor de la buena poesía. Borges ha establecido que
“en el principio de la literatura está el mito, y asimismo en el
fin”. En este texto el mito nos acompaña desde el inicio hasta
el final, como acota el ilustre creador argentino. Es una pieza
literaria a tomar en cuenta porque su andadura va marcando y
dejando múltiples reflexiones que intentan desenmarañar el
misterio que de por sí encierra la poesía.
Los poemas contenidos en sus páginas están formados por versos
profundos de una condición que llega al alma, no para
atravesarla y seguir recorriendo espacios receptores de meros
paseos semánticos, o para cruzar por ella como huésped de paso
en un universo morfológico donde cada sílaba puede tomar
diferentes significados. Son versos que penetran a lo más íntimo
de lo humano y una vez instalados allí, hacen morada, porque
abrazan al alma no sólo con su hermosura, sino también con sus
particulares características de subjetividad.
Merece la pena entonces, analizar este poemario, publicado por
Rayuela Edizioni en Italia (2022), desde dos perspectivas.
Primero, desde el punto de vista del significado esencial de los
poemas que lo componen, y segundo, enfocándonos en los aspectos
estéticos de la poesía.
En cuanto a lo primero cabe destacar que se trata de un texto
bastante abarcador. En él encontramos una multiplicidad de
conceptos que van desde el amor, ese sublime sentimiento
presente de forma intrínseca en el ser humano, pero de manera
muy marcada en los poetas, hasta la añoranza y la nostalgia,
también características de los bardos. Pero además se exploran
aquí asuntos como la diversidad en las especies y la importancia
de reconocernos humanos aceptándonos y celebrándonos como somos;
sin dejar de lado el patriotismo o lo puramente social. Es una
antología de la producción poética de Colón, que no deja lugar a
dudas sobre su calidad humana y su capacidad creativa.
Leyendo a Franz Kafka pude leerla a ella;
un niño siempre alegre y despierto vive sobre sus pestañas,
las dalias borrachísimas iban hasta sus labios,
pero racionalmente loca, cuando se montaba en la yegua de la
alegría,
sin aparejos, mojada de alba; daba saltos, ponía de payaso a la
nostalgia
y se meaba por el sur de la felicidad.
En lo que respecta al segundo enfoque, se nota que hay en la
poesía de Juan Colón una estética singular, caracterizada
principalmente por el juego de palabras en el uso de ciertas
figuras e imágenes lideradas por impresionantes metáforas y por
un sorprendente desfile de antítesis, que como elemento retórico
impregnan un solemne dramatismo al texto en gran parte de su
composición. “Mordido por las aguas de pájaros y azahar / que
son tus piernas, soy una derrota victoriosa”.
En el célebre poema “La enamorada” de Alejandra Pizarnik, se
leen estos versos: “…oh nada de angustias / ríe en el pañuelo
llora a carcajadas / pero cierra las puertas de tu rostro…”. Del
mismo modo, Julio Cortázar en Rayuela nos pone a leer: “…antes
de enderezarnos muy de apoco y apuntar hacia la calle,
preguntémonos con el alma en la punta de la mano (¿la punta de
la mano?). En la palma de la lengua, che, o algo así”. Este tipo
de recursos lingüísticos, que dotan de elegancia y fortaleza
literario al cualquier texto, ya esté escrito en prosa o en
verso, son recurrentes en la obra de Colón. Veamos:
Llegué a la casa
eché el azúcar al piano
la música en el café
el café se bebió la tarde
el agua en la camisa
el vaso en la percha
el cielo enlodado
las hojas fuera del texto
el pan en la pena
la boca en el recuerdo
el corazón…
¿Dónde ella me lo habrá puesto?
En este poema, compuesto por tan sólo una docena de versos, que
además de la notable mixtura de artículos y preposiciones,
contienen dos verbos en pretérito perfecto simple, dos
participios, y una interrogante final que remata todo su
contenido, encontramos una extraordinaria combinación de
metáfora, retruécano, anáfora, aliteración, antítesis y
prosopopeya. Así son los poemas que constituyen “El milagro de
la luz”. Preñados de figuras literarias que dan a cada pieza la
profundidad, la dulzura y la musicalidad que prenden al lector
de cada una de sus expresiones. Como en Cortázar, como en
Pizarnik, y como en todos los grandes escritores, en Colón el
lenguaje es instrumento de creación estética que busca
transmitir elocuencia y belleza.
Elocuencia y belleza que el vate unas veces usa para homenajear
a la mujer: “El mundo no había despertado aún / ni los perfumes
habían dado sus almohadas al aire / la ópera aún esperaba su
drama y la música despertaba la armonía. / Sólo una gran amazona
de soledad, un Adán sin Miguel Ángel, sin la risa de Dios / y
una extensa geografía mordiéndole los labios al silencio. /
Entonces llegó ella y la flor se hizo aire, y la luz voló y el
silencio tropezó con el mar y hubo mar”. Otras veces las pone al
servicio de la añoranza de su niñez. Esa tibia melancolía que
alguna vez ha tocado el corazón de todos al mirar hacia la
infancia irrecuperable: “Cuando yo era Juanito iba a un lugar /
donde el mar convertía las alas de la tarde / en un inmenso pez
de la poesía”.
Como ente social y ser humano henchido de las indignaciones que
acarrea la injusticia, también denuncia: “Crecí harto de
sentarme a la mesa sintiendo los cuchillos / a gritos del
hambre, en mil niños. / Las lenguas del silencio; esas llagas
con más de dos mil años / de un dolor amarillo. / Me duele este
barro pleno de voces, en la primera costilla / de mi corazón”. Y
como poeta responsable y comprometido con su sociedad, con su
entorno, con su planeta, propone:
Secuestrar los parques con los algodones
azucarados de la sonrisa de los niños.
Acuartelar el egoísmo, tenderlo al sol hasta las llagas.
Vestirnos de infancia
e ir por las calles sublevados de abrazos y almendras.
El poeta es ese ser que convierte la palabra en faro para que
ilumine los sentidos. Colón es consciente de ello, y por eso
acude a todo su arsenal imaginario para emplearlo en la
exploración de los diversos temas que trata y en el
embellecimiento de la palabra para crear una poesía elegante y
exquisita. Sabe que la poesía debe ser y es luz que irradia en
el pensamiento, entonces se aferra a la luminosidad del verso
hurgando en lo más profundo de su sensibilidad de artista.
El misterio y el milagro en la poesía de Juan Colón los
encontramos en la originalidad y en la universalidad de versos
como estos:
El mar Caribe jugaba a la escondida en sus abrazos:
peces, caracoles enamorados, pulpos de espumas se le enredaban
en la nuca;
los caballitos de mar caían alucinados en el remolino de su
cintura.
A veces era todas las frutas de su pueblo:
una aguadera rebosada de la memoria del sol sobre las piñas,
las manos de la lluvia con mangos, su cadera insoportable de
cerezas;
pero cuando salía descalza del río el calor del verano quedaba
boca abierta.
Felizmente estamos frente a un poeta cuya voz retumba más allá
de los ambientes exclusivamente literarios y de los ámbitos
culturales. Es una voz que ha llegado a otros contornos
cosechando el respeto y la admiración de toda la sociedad por la
calidad de su obra.
No sólo el libro “El milagro de la luz” dejará huellas perennes
en la literatura dominicana y universal, sino que también el
nombre de su autor quedará estampado en el lugar de donde nunca
se borra, que es la memoria humana, por su capacidad de
aromatizar la palabra, de convertir la tristeza en belleza por
medio de la poesía, y de demostrar con su pluma lo que dijo
Bécquer, que “mientras haya en el mundo primavera, ¡ha
