El peligro de olvidar la historia

Una sociedad que pierde su memoria queda expuesta a una peligrosa paradoja: puede avanzar tecnológicamente mientras retrocede inconsciencia.

 

Por Dr. Goldny Mills - Septiembre 8, 2026

Dr. Goldny Mills

 

Saludos, amigos.

Algunos pueblos recuerdan para honrar su pasado; otros recuerdan, además, para proteger su futuro. La memoria histórica no consiste únicamente en conservar fechas, nombres y acontecimientos.

Es también la capacidad de una sociedad para comprender de dónde viene, reconocer los errores que ha cometido y advertir los peligros que podrían conducirla nuevamente por caminos ya transitados.

Una sociedad que pierde su memoria queda expuesta a una peligrosa paradoja: puede avanzar tecnológicamente mientras retrocede inconsciencia. Puede tener acceso a millones de datos y, al mismo tiempo, desconocer las experiencias que explican por qué determinados derechos fueron conquistados, por qué algunas instituciones fueron creadas y cuánto costó construir las libertades que hoy parecen naturales.

Amigos, la democracia necesita memoria porque los derechos no surgen de manera espontánea. La libertad de expresión, la participación ciudadana, el derecho al voto y muchas otras conquistas sociales son el resultado de luchas, sacrificios y procesos históricos.

Cuando desconocemos esas historias, corremos el riesgo de considerar esos derechos como permanentes e indestructibles. Y nada resulta más peligroso para una democracia que creer que la democracia está garantizada para siempre.

Aquí la educación tiene una enorme responsabilidad. La escuela no puede limitarse a enseñar la historia como una sucesión de acontecimientos que los estudiantes deben memorizar. Tiene que ayudarles a formular preguntas, analizar los hechos y comprender las circunstancias que dieron forma a cada proceso histórico.

Debe provocar la reflexión sobre qué decisiones pudieron cambiar el curso de los acontecimientos, cuáles fueron las lecciones aprendidas y qué relación tiene ese pasado con nuestra realidad actual.

Cuando la historia se enseña de esta manera, deja de ser únicamente una asignatura y se convierte en una herramienta para formar ciudadanía.

En definitiva, amigos, una democracia saludable necesita ciudadanos capaces de conocer su memoria histórica, pero también de analizarla y cuestionarla.

Porque la memoria histórica también puede ser manipulada o utilizada con fines antidemocráticos.

No todo relato histórico es necesariamente neutral. Por eso necesitamos ciudadanos capaces de analizar y cuestionar para formen sus propias conclusiones.



 

 

 





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